narrativa-portada

La verdad está en el agua

Me pasé días enteros convenciéndome de que no había sido real. Lo que había visto, enredado en el cuerpo de Leila en el fondo de la poza no eran más que hierbas, quizá un poco de basura que algún desalmado había arrojado a las prístinas aguas del bosque.

narrativa-1

Yo apenas tenía ya aire en los pulmones. Nunca fui buen nadador, sí, era eso. Falta de oxígeno. Y había estado sugestionado por cosas que se podían explicar racionalmente. El lazo sobre mi cama. Me había sorprendido tanto aquel descubrimiento que lo más probable era que yo mismo lo hubiera dejado sobre mi cama, en lugar de devolverlo al armario o arrojarlo por la ventana, que habría sido mi primer impulso.

Tú sabes que eso no ocurrió así.

Pues así había ocurrido. No había otra explicación. ¿Seguro? Aquella vocecilla en el fondo de mi cabeza se había vuelto de lo más molesta. No había nada con Leila en el fondo de aquella maldita piscina, el lazo lo había puesto yo sobre la cama y se acabó la discusión.

La voz en mi cabeza hizo un chasquido de disgusto. Yo ya no podía más. No era capaz de reconocer lo que había tenido que tocar y apartar antes de tomar el cuerpo de Leila y patalear con todas mis fuerzas hacia la salvación que representaba un trozo de tierra rodeado de pedruscos.

«Ahora todo está bien» pensé.

Entonces, ¿Por qué no los quieres ver?

Eso era cierto, desde aquel día no había vuelto a ver a ninguno de los dos hermanos, ni a saber nada de ellos. No quería.

A decir verdad, tampoco quería hacer nada. Aquel pueblo ya no me parecía apacible. Casi sentía unos ojos clavándose en mí desde todos los puntos. Rehuía a mis padres, rehuía a mis amigos. Pero había encontrado unos nuevos en el armario de las bebidas de mi padre.

Mis padres se habían adaptado estupendamente a su nueva vida y eso me enfurecía. Cuántas más salidas sociales hacían, más sordamente iracundo permanecía yo en la casa. La ira era el perfecto disfraz para el miedo. Mis padres sólo veían un adolescente sacado de sus rutinas con dificultades para hacer nuevas amistades. No podían ver mi miedo.

Miedo a quedarme solo en aquella casa.

Entonces comencé a beber. Me hacía olvidar dónde estaba, mi miedo, hasta las cosas que había visto. Envalentonado, me sentaba en los escalones de la entrada, con la cabeza embutida en algodón, esperando cualquier señal que indicase que mis padres estaban de regreso. En cuanto los sentía, era el momento de recoger lo más rápido que pudiese y de meterse en la cama.

narrativa-2

Nunca supe si mis padres estaban al corriente de mis tropelías nocturnas pero en el fondo sabía que era así. Esperaban poder hablar conmigo, ayudarme. Nunca les di la oportunidad de hacerlo. Y ahora es tarde para arrepentimientos.

Hacía semanas que no sabía nada de Leila ni de Xulián. Purgaba por acallar la voz dentro de mi cabeza que pujaba, como otras tantas veces, por destripar el armario y descubrir el secreto del doble fondo.

Mis padres hacía poco que habían salido, me encontraba tranquilo, con esa falsa valentía que te proporciona el alcohol a cambio de todos los demás sentidos. Inusitadamente, estaba a punto de ceder a las demandas de mi pesada conciencia, cuando vi a una figura aparecer por el sendero.

Forcé la vista, tratando de reconocer a la visita inesperada pero la oscuridad y la ebriedad se encargaron de que fuese un misterio.

Ni siquiera pensé en huir. Estaba harto de hacerlo. Huía con el alcohol, huía encerrándome en mi cuarto, huía distanciándome de mis amigos. No era más que un despojo cobarde que casi le cuesta la vida a su amiga.

«¡Cállate!» Me ordené a mí mismo mientras sentía que empequeñecía. Volvían a mí los sueños de las últimas noches, en las que una niebla espesa inundaba mi habitación. Una bruma densa que me ahogaba, yo forcejeaba por salir a la superficie pero unas manos cenicientas, frías como el aliento de la misma muerte, me arrastraban hacia la oscuridad…

«¡Basta!» Mi mente estaba desbocada, demasiados días reprimida, demasiadas semanas negando.

narrativa-3

La ventana estaba rota.

Yo rompí esa ventana. Yo puse el lazo. No había nada en el agua. Nadie en el agua. Leila y yo. Quizá hierba, quizá basura. Nada más. Nadie más. Últimamente no duermo bien, últimamente no estoy bien. No debería beber. Ningún muchacho de mi edad debería hacerlo.

¿No te cansas de mentirte?

«Cállate. Por favor. Cállate» Ya no tenía fuerzas para nada, mi parca resistencia se estaba cayendo en pedazos.

Como los cristales de tu ventana.

Suspiré. La visita ya estaba cerca. Quizá eso fuese el final para mí. Deseaba que fuese el final para mí.

Tenía la cabeza hundida entre las rodillas, mis manos sostenían el cuello de una botella que poco a poco se deslizaba por mis dedos. Sentí una mano apretándome el hombro con fuerza.

Cuando levanté la vista, no me podía creer lo que estaba viendo. Leila estaba pálida, el pelo rojizo se le pegaba a la cara, cubierta por el sudor de la caminata. Sus labios estaban contraídos en una mueca de nerviosismo. La miré directamente a aquellos ojos verdes y reconocí el mismo pánico que me devoraba por dentro.

– Necesito saberlo – me dijo con la voz entrecortada – ¿Qué viste en el agua?

– Todo es culpa mía – solté al fin las palabras que llevaban carcomiendo mi mente desde aquel nefasto día.

Rompí a llorar, sin poder contenerme, sin querer contenerme. Leila me abrazó, sin rencor, sin reproches, llenando mi mundo de un suave olor a lavanda y de un poco de esperanza.

, , , , , ,
Artículos Similares
Latest Posts from Mentero

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.