La cámara

Tercera parte

No quería darme la vuelta, tenía demasiado miedo para poder moverme. Giré la cabeza ligeramente y vi dos ojos rojos, penetrantes sobre los míos.

No sabía que era exactamente, la criatura estaba encapuchada y en la oscuridad. Ví que se llevaba las manos -o más bien garras- a la cabeza, como si fuera a quitarse la capucha, y así lo hizo. Se destapó dejándome ver su rostro. La criatura de la que hablaba la carta era..¡¿Una especie de serpiente gigante con garras?! ¡¿Y con cuernos?!

Cuando vió que la había descubierto, me persiguió por toda la cámara, intentando cansarme para después devorarme. Dado que se deslizaba más rápido que yo corría, me alcanzó enseguida.

Le supliqué que no me hiciera nada y que me dejara vivir, pero como no me entendía, siguió persiguiéndome.

Me acordé de que en la carta decía que la criatura tenía un dispositivo de cambio de ánimo. El problema era que lo tenía en el cuello. A lo mejor, si conseguía cambiarlo a dócil me haría caso.

Me subí a la cola de la serpiente, trepé hasta su cabeza y llegué al dispositivo. La serpiente sacudió la cabeza y me tiró al suelo,  y aprovechando que estaba algo conmocionada por el golpe, me mordió. En ese preciso instante, noté un escalofrío por todo mi cuerpo, y vi, con gran asombro, que mis manos se iluminaban. Cada vez tenía más fuerza y energía. ¡Esto no me podía estar pasando, a mí! ¡Esto solo ocurría en las películas! Puse mi mano en frente de la serpiente y como si supiera lo que tenía que hacer, las palabras se me aparecieron en la mente y dije en voz alta: “Que el demonio se convierta en ángel y el ángel en demonio”.

La serpiente se paró en seco y empalideció. Sus ojos cambiaron a verde y dejó de perseguirme. Se acercó a mí, me miró detenidamente, y me empezó a lamer la cara con su lengua larga, roja y bífida. ¡Lo había conseguido, la había domesticado!

 

 

————————— Un mes después, en el pueblo ——————————-

  • Esther, ¿Puedo montarme en Cobra? ¡Porfi!
  • Vale –le respondí- pero ten mucho cuidado y no te caigas.
  • ¡Gracias!

Mi primo Rodrigo se montó en Cobra, subió a su cuello y empezó a deslizarse por toda la casa.

  • Esther ¿Qué pasaba si le daba a este botón que dice malo?
  • ¡No lo toques! – Le grité.
  • Ya lo he hecho.

En ese momento oí un rugido y como en las películas dije: NOOOOOOOOOO!

 

THE END

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