Bosque frondoso

La bicicleta lo dejó tirado en medio del bosque. Sus 11 años eran todavía un escaso bagaje para demostrar su hombría. El sol ya se ponía al otro lado de la colina. Recordaba ahora las palabras de su madre “lleva siempre el fuelle en la bici”. De nada le servía ya lamentarse. Sus miedos más infantiles salían ya a la superficie. Cada vez hacía más frío, y la niebla pronto haría acto de presencia. Las copas de los árboles emitían sonidos extraños, y sus retorcidas ramas formaban figuras fantasmagóricas en su cerebro. Todo alrededor se fue oscureciendo tan rápidamente, mientras sus temores galopaban en pos de la victoria.

Se puso los auriculares para acallar aquellos sonidos que alimentaban su aprensión. Su corazón a ritmo del compás uno, dos, se fue calmando. Ahora parecía tener el control de la situación. Todo a su alrededor se fue desvaneciendo. Entrando en una especie de trance sideral. Sus músculos se relajaron, su cuerpo calló en un letargo agradable. Tan pronto como notó que algo le rozaba su mejilla, haciendo saltar su adrenalina tan rápidamente como un coche de carreras en una curva peligrosa. Abrió sus ojos como platos, y ante el vio a la señorita Parker. Unas risas invadieron su entorno. Mientras volvía a la realidad de la clase b del sexto curso.

Asfixia

Primer acto:

Las esposas apenas las notaba, aún seguía conmocionado por los hechos ocurridos hacía apenas unos minutos. La vida es frágil, cambiando de estado cuando menos uno se lo espera. ¿Qué lleva a una persona a cometer actos así?. Desde luego no imaginaba al despertarme que el día terminaría de este modo.

Segundo acto:

¡Tengo que salir corriendo de aquí!, no tenía que haberse resistido. Solo quería un medicamento, cualquier persona en mi situación habría hecho lo mismo. Me puso nervioso con su forma de mirarme.

– No se lo volveré a repetir, tengo mucha prisa.

– Imposible sin receta, y ¡quítame eso de la cara!

– Necesito este medicamento urgentemente, no me haga preguntas.

Esa farmacia servirá, no hay clientes dentro. No tenía tiempo de pasar por el médico a que me recetara lo que necesito.

Tercer acto:

– ¡Corre Jaime!, el niño se está ahogando. No le queda Fluticasona en el dispensador.

Nada mas salir del trabajo, llego a casa y Verónica se dirige a mi con una expresión de terror en sus ojos. Empujando su silla de ruedas como llevada por el diablo.

 

Impacto catódico

Vi una sombra subir por la escalera, al oír el  quejido que dio un escalón suelto. Un destello a mi espalda hizo girar mi cabeza. Bajé el volumen de la tele. Ya no la veía ante mi. La sombra había desaparecido. Me froté los ojos pensando en que todo era producto de mi imaginación. Otra vez un crujido en la escalera. Esta vez no vi nada. La ventana de mi cuarto se abrió bruscamente. El volumen de la tele se subió al máximo. Agazapado bajo las sabanas en posición fetal, el miedo anegaba mi garganta. La puerta se cerró de golpe. Mi corazón era una locomotora apunto de estallar. Bajo la rendija de la puerta, una sombra hace acto de presencia. Salto por la ventana llevado por el pánico.

El golpe seco contra el suelo me deja casi muerto. Veo a alguien que se asoma a la ventana. Su cara casi borrosa parece dibujar una sonrisa descomunal. Si, se está riendo. ¿Pero quién es?. ¿Porque se ríe?. Ahora ese ser va lanzando objetos por la ventana. Caen cerca de mi, algunos incluso me dan. Giro la cabeza y veo algunos. Es mi colección de cine de terror. Mis ojos se cierran, mi cuerpo se desvanece. Mis miedos por fin me dejan en paz.

 

Costumbres

La casa rezumaba un silencio atronador. El polvo poco a poco se acumulaba en cada rincón. Ahora los inquilinos eran pequeños insectos que llegaban para no marcharse. El único residente con derecho empujaba la puerta de su jaula cada mañana con su diminuto pico. Siempre lo hacía cuando los rayos de sol se reflejaban en la encimera de la cocina. Con un pequeño zigzag a media altura revoloteaba hasta el jardín trasero, atravesando un pequeño agujero en la tela metálica de la puerta. Con su amarillo pico se salpicaba el agua fresca del rocío que contenía un diminuto cubo.

Las hiervas secas iban ganando terreno en aquel plácido espacio vallado. Su vuelo se dirigía ahora hasta el manzano que se levantaba majestuoso y que daba sombra en las tardes soleadas al sofá del salón a través de una ventana de dos hojas. Agarrado con sus patitas al fruto maduro, picoteaba saciando su apetito. Le esperaba un vuelo largo. Un viaje diario que atravesaba todo el pueblo. Ya fuera en un día soleado, o en la más horrendas de las mañanas. A mitad de camino sus alas tomaban descanso en un pequeño letrero donde se podía leer “Cementerio a 100 metros”. Casualidad o no, retoma el resto del camino haciendo piruetas y llegando a su destino. Posándose en la misma lápida cada día.

 

 

, , , , ,
Artículos Similares
Latest Posts from Mentero

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.