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Prólogo

Todos guardamos cicatrices en el alma que nos recuerdan lo que nunca sucedió, paseamos angustiados por el sendero de la vida, viviendo de un pasado que ya no volverá. Camino perforado por recuerdos que me atraviesan como balas, sin ser capaz de olvidarla. Leila.

Amigos frente a la adversidadSaboreo su nombre, que me evoca gratos recuerdos en mi memoria. Aún me parece verla en la playa, enmarcada con su  larga melena roja, velando por un rostro dulce y salpicado de pecas.
Rememoro su cuerpo espigado luciendo un diminuto bikini blanco de algodón mientras recolecta conchas ajena al mal que ya comenzaba a cernirse sobre ella. Todavía puedo sentir el tacto de su marmórea piel, la suavidad y fuerza de sus labios conjugando con los míos una danza
inexperta y aterciopelada, dominados por el candor de la luna estival.

Nunca sentí un vacío tan lacerante hasta que ella se fue, abandonándome en un mundo que no me comprendía.
Leila es el principio y el final de mi historia, las palabras surgen tímidas e cohibidas como si temiesen que los fantasmas del pasado fuesen a volver para tirar de mi hasta el mismo infierno.

Razones no les faltaría. Estoy preparado para recibir mi castigo, para recibir el veredicto en los que mis viejos amigos sean juez y jurado mientras yo seré mi propio verdugo. Ya casi puedo oír sus pasos acercándose a esta maltrecha habitación de hotel, mi último refugio, donde no tengo más compañía que estas hojas de papel y unos ojos brillantes entre las paredes, que rezo para que sean ratas.

Estoy a punto de morir, mas ya nada importa, es el precio de mis pecados, la memoria es mi condena, mi larga vida ha sido mi penitencia. Mentiría sí dijese que no siento alivio. Aquel verano de 1970 fue algo más que una época de grandes cambios, fue más que una mudanza y un nuevo comienzo en un pueblo desconocido. Ese verano aprendí a vivir e, irónicamente, fue cuando mi vida abandonó mis entrañas para siempre.

Este es mi más oscuro secreto guardado por siempre en los confines de mi mente, escribo frenéticamente por la promesa que juré cumplir, por ella. Leila.

Y por la historia que nunca pudo contar. Perdóname, mi amor, donde tú veías un hombre, mientras besabas al que creías hombre, solo había un niño demasiado pagado de sí mismo.

El día que nos conocimos, tú viste al hombre, y cuando tus labios rozaron los míos, el niño que llevaba dentro se removió inquieto, consciente de que algo mucho más grande que él había comenzado una partida en la que no tenía ninguna posibilidad y ya había lanzado los dados.

Llévame contigo, déjame recordar el candor de la luna de verano, tu piel surcada de pecas y tu pelo flameante. Déjame verte por última vez. Y después, arrástrame al infierno.

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