Entre niebla y oscuridad

Ni siquiera sabía como podía haber llegado a esa situación. No hacía ni unos meses yo era un muchacho feliz en una ciudad con un número de habitantes nada desdeñable. Tenía un buen círculo de amistades y ninguna niebla incandescente se introducía ladinamente en mis sueños.

Mis padres habían desaparecido, lo único que marcaba la búsqueda era un reloj de bolsillo con las iniciales X y M. Desconocíamos a quién podían pertenecer, por tanto no quedaba más remedio que repasar todo el material del que disponíamos hasta el momento.

Leila se sumergió en los recortes de periódico, algunos de los cuales ensalzaban la figura de Iago López como un gran filántropo y destacaban las campañas de donaciones y contribuciones a diversas causas más o menos notables. Otros tomaban un cariz más oscuro, en ellos solía figurar su mujer, a la que solían achacar el mal camino que podía haber tomado la ilustre figura del señor López. Se asemejaba mucho a la prensa amarilla de nuestros días, en las que a unos y otros les brotaban amantes debajo de las piedras, tenían problemas con el alcohol si alguien les había visto un día tomando una copa o dos o se juntaban con malas influencias por el mero hecho de verlos hablar con alguien que el pueblo desaprobaba.

Quizá no les faltase razón. Quizá sí se rodearon de gente poco recomendable.

No podía estar en desacuerdo con mi vocecilla interna. Tenía en mi poder un reloj cuyas iniciales no se correspondían con el matrimonio. Había una tumba vacía en el panteón, un ataúd que debería haber albergado un bebé. No entendía semejante propósito, si lo que contaban era cierto, Marta había muerto encinta.

¿Y si no lo estaba en el momento de su muerte? ¿Y si ya había dado a luz?

Ese pensamiento me erizó el cabello hasta la nuca. No tenía ninguna razón para pensar aquello, había demasiadas vías abiertas, tendríamos que cerrar uno a uno los caminos. Y tendría que ser rápido, no sabía cuanto tiempo disponían mis padres.

mujer-niebla

Un golpe arrancó un sonido ronco de la buhardilla. Los tres nos miramos sin hablar, sin saber muy bien qué hacer, ni siquiera si deberíamos hacer algo. Ya estaba harto, me habían vapuleado, casi había muerto ahogado, se habían llevado a mis padres. Quería acabar con aquello de una vez.

Subí escaleras arriba hasta el desván. Con una mano temblorosa abrí la puerta, mientras que con la otra me cubría de lo que fuese que podría estar aguardándome en el interior. Un vaho de niebla me cubrió por completo, oí el respingo ahogado de Xulián a mis espaldas y el crujir nervioso de los nudillos de Leila. Me sentí mejor en aquella bruma, no me habían dejado solo.

Silenciosamente agradecido con mis amigos, avancé entre la marea blanca, apenas distinguía mis propias manos, puestas ante mí a modo de precaución, para no chocar contra nada… ni nadie.

Una figura se movió grácilmente frente a mí, sus formas me parecieron extrañamente familiares, el peinado recogido en un tenso moño, los labios fruncidos en un gesto de enojo o desaprobación. Mi madre me miraba a la cara y no estaba precisamente feliz de verme.

– Eres una vergüenza -me dijo a bocajarro- un hijo borracho, un loco.

– Mamá… no es lo que piensas… -murmuré desesperado- lo siento mucho, mamá, perdóname.

– No te mereces ningún perdón -respondió- después de tantos sacrificios, después de mudarnos para mantenerte a salvo… Has echado tu vida por la borda, te has dedicado a beber, a follar -oí que Leila sofocaba un gemido en algún lugar a mis espaldas – no mereces llamarte hijo mío.

– Mamá, por favor, eso no ha sido así ¿No lo ves?

– ¡Cómo si tu lo vieras! Huyendo de tu propia familia, sin hablar con nosotros, asaltando el mueble-bar, aquí nos ha llevado tu falta de confianza. ¡Tu irresponsabilidad!

La figura cambió, ya casi no parecía mi madre, sino alguien que portaba su cara como si fuese una máscara grotesca. Sonrió de forma lobuna antes de añadir,

– Aquí nos ha traído. No eres más que un niño tonto y asustado. Y esto te queda grande… Debiste dejarla tranquila, debiste morir tú en nuestro lugar.

La mujer se deshizo en volutas de polvo brillantes, como pequeñas chispas que el viento arrastra en una hoguera. Mi madre, o lo que fuera eso, se volatilizó ante mis ojos y, aunque en el fondo sabía que no era ella quien hablaba, cada palabra se me clavó como un puñal, pues no hacía menos cierto lo que había dicho.

Ahora estaba seguro de que mis padres habían muerto. Y habían muerto por mi culpa. Porque yo no había tenido el coraje de enfrentarme antes a aquella mujer envuelta en niebla, porque no había tenido el valor para contarles lo que estaba pasando. Demasiado centrado en mi propio pesar, en mi propio miedo, que no vi el de mis padres. Quizá en algún momento siguieron mis pasos y lo pagaron con su vida o puede que, en nuestras pesquisas, uno de nuestros palos de ciego se aproximase demasiado a la verdad y la mujer de niebla decidiese castigarme.

La bruma se disipó, despejando la buhardilla. Todas las ventanas estaban cerradas, los postigos echados. Pero no podía sorprenderme ya nada, o eso creía yo.

Tenía unas ganas horribles de gritar, llorar, romper todo lo que se pusiera en mi paso. No podía creer que nunca más volvería a ver a mis padres. Que el sonido de sus risas a la hora del desayuno no volverían a despertarme, que no habría más lecciones de literatura, música o cine. Que ni siquiera podría abrazar a mi madre y oler su aroma a polvos de talco y melocotón. No más discusiones con mi padre sobre no fumar su pipa en la cocina antes de comer ni siquiera aquellas más desagradables, en las que intentaba hacerle entender que no era menos hombre por no gustarme los deportes.

Leila me abrazó con fuerza, no pude resistirlo y me derrumbé en sus brazos. En aquel momento, presa de mi propio dolor, no me percaté de que agarraba un recorte y una fotografía con fuerza en su mano. Sus protagonistas, apenas visibles, se correspondían con las iniciales del reloj de bolsillo.

Yo me había desplomado, pero la rueda seguía girando y lo iba a seguir haciendo, conmigo o sin mí.

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