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En casa siempre estarás a salvo

Cuando llegué a la puerta de mi casa, desfallecido, todavía no podía quitarme esa sonrisilla bobalicona de mi rostro. No podía creer que, en medio de semejante caos, hubiera un resquicio por el cual se había introducido un coletazo de felicidad. Mi mente aún estaba llena de los flashes rojos que producía el pelo de Leila contra la luz del amanecer.

Entré en mi habitación como una exhalación, sin olvidarme de destruir la nota que daba cuenta de mi salida vespertina. Me aseé y me vestí, tratando de ofrecer el mejor aspecto posible, como si no hubiera estado a punto de ser enterrado vivo hacía escasas horas.

La casa se encontraba en completo silencio. Ni siquiera se oía el suave roncar de mi padre, ni el crujido de los muelles que delataban lo mucho que se movía mi madre por las noches. Quizá se hubiesen levantado temprano para un paseo, aprovechando la soleada mañana.

O quizá están preocupados por ti, idiota, y han salido a buscarte.

La poca felicidad que atesoraba se borró de un plumazo. Mis padres me conocían bien, debería haber sabido que ellos no se dejarían engañar por una «mala fase» de la adolescencia. Sabían que me pasaba algo.

Y que no aparecieras ayer, fue la gota que colmó el vaso.

Si les pasaba algo, todo sería por mi culpa. Eran buenos padres, justos, cariñosos, generosos y yo sabía que me querían. Respiré profundamente.

Antes de alarmarme, debería comprobar que mis padres no estuvieran en casa. De lo contrario, armaría un alboroto que acabaría en una bochornosa humillación pública.

Casi ni sentí los escalones bajo mis pies mientras ascendía hasta el dormitorio de mis padres. Sentía una bola ardiente en el estómago, como si un nido de culebras se hubiese asentado ahí y no parasen de retorcerse y enroscarse entre sí.

Abrí la puerta sin delicadeza alguna, de haberse encontrado mis padres en su habitación me hubiese caído una buena reprimenda por mis malos modales. Pero no estaban. Mis piernas no me sostuvieron y, para cuando me quise dar cuenta, me encontraba de rodillas en el suelo. El cuarto se encontraba revuelto, el jarrón de cristal favorito de mi madre yacía en el suelo hecho añicos.

No se habían ido por voluntad propia, ahí había pasado algo. Revisé la habitación, en busca de algún tipo de respuesta. Queriéndome arrancar la piel por haber sido tan desconsiderado con ellos.

Por haber sido un capullo.

Sí, eso también. A primera vista, no había nada que me llamara la atención, aparte del jarrón roto y de un par de cajones abiertos cuyo contenido había sido desparramado por el cuarto. Comenzaba a preguntarme si alguien había querido fingir un robo. O yo había leído demasiadas novelas de detectives.

Mi mirada se posó encima de la cama. Estaba sin hacer, no sabía si mis padres habrían llegado a dormir en ella o no. Podrían haberla hecho después, así destacaría más el objeto que descansaba encima de la almohada. Era un reloj de bolsillo, los números romanos plasmados en negro destacaban en la esfera blanca. La carcasa tenía unos tonos dorados, que parecían envejecidos, y estaba sujeta por una cadena de la misma tonalidad.

No era de mi familia, de eso estaba seguro, no había visto ese reloj en mi vida, de hecho, nadie en mi casa usaba reloj de bolsillo. Recuerdo que mi abuelo tenía uno. Pero no era ni remotamente parecido a este, tenía un color plateado y las horas no las marcaba en números romanos.

La hora estaba parada a las ocho. Ya habían pasado, supliqué para mis adentros que se tratase de otro de los jueguecitos de Marta. Y que aquella mujer de niebla me estuviese estableciendo un plazo, que si bien era corto, al menos no había pasado.

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Si eso era así, el mensaje estaba claro. Me estaba quedando sin tiempo. Volé escaleras abajo. Casi derribé la mesilla del teléfono en mi tosca carrera por el salón. Marqué el número del hospital y, tras comprobar que había sido un ejercicio de futilidad, corroboré que tampoco figurasen sus nombres en ninguna funeraria, ni que se hubiese dado parte de ningún accidente con mis padres implicados.

Colgué el teléfono de un manotazo, al borde de la exasperación. En ese momento, el aparato emitió su característico timbrazo. Di un respingo por la sorpresa y me apresuré a descolgar. Lo primero que oí fueron unos ruidos indescifrables, como una radio emitiendo en una frecuencia errónea. Estaba a punto de colgar cuando una risa metálica me perforó el oído. Pude distinguir perfectamente como la risa intercalaba «tic, tac, tic, tac» entre cada carcajada estentórea.

Arrojé el teléfono contra la horquilla, desesperado. Ni siquiera sabía por dónde debería empezar a buscar a mis padres. Tomé el reloj y comencé a escrutarlo. Estaba bastante desgastado, en la cara interior de la tapa, casi ilegible, todavía se podía descifrar una inscripción.

La eternidad es nuestra. X+M.

La M podría ser Marta, a falta de una sospechosa mejor, pero se me escapaba la X, o era alguien que prefería pasar de incógnito, lo cual no me parecía el caso, o alguien cuya inicial comenzaba por X. Iago López quedaba descartado automáticamente.

Necesitaba seguir investigando, tenía menos de un día si quería encontrar a mis padres. Evidentemente, era consciente de que podía estar caminando derechito hacia una trampa, pero no tenía elección. Mis padres no pagarían por mis pecados.

Necesitaría todas las piezas del puzle, había sido Leila quien se había llevado la mochila a su casa aquella mañana, aludiendo que quería echarle un vistazo a todo. Tenía que recuperarlo.

No me hizo falta ir hasta su casa. El timbre de la puerta anunció la llegada de mi pelirroja compañera. Estaba blanca como el papel. En su casa tampoco había nadie, a excepción de su hermano, que había aparecido atado a su cama, atado, amordazado y con los ojos vendados.

Xulián acompañaba a su hermana en esta ocasión, al parecer había sido reacio a creer todo lo que Leila le había contado, no era capaz de concebir nada que se saliera del plano físico, de su realidad y de lo que daba por sentado que existía y de aquello que no. Aquella noche había cambiado de opinión. La mujer de niebla lo había visitado en su casa, lo había mirado a los ojos y le había obligado a devolverle la mirada. Todo lo que el muchacho había podido atisbar en aquellos iris nebulosos había sido muerte.

Leila portaba con manos temblorosas una muñeca vieja y siniestra, que habían dejado a los pies de la cama de su hermano. Las cuencas de los ojos del juguete estaban vacías, el pelo se había encrespado hasta convertirse en una textura similar al estropajo. Su cara estaba manchada con goterones de cera roja y con gotitas escarlatas de lo que sólo podía ser sangre. Habían emborronado sus labios con alguna sustancia oscura, imposible de distinguir si era algo negro o rojo oscuro, y ya no digamos su procedencia.

La ropa de la muñeca estaba ajada. Estropeada por el tiempo y por el lugar en el que habría estado almacenada. Todavía no podía comprender qué tenían en contra nuestra, no habíamos hecho nada a nadie, sólo éramos tres amigos dispuestos a disfrutar del verano.

No vas a poder librarte de esto. Tú puedes desterrarlo, fingir que no está pasando, pero quien quiera que haya hecho esto no lo hará. No dejará de ir a por vosotros.

– Seguirán viniendo a por nosotros -musité de cara a los dos hermanos, confirmando que estaba de acuerdo con mi molesta vocecilla- da igual que nosotros obviemos el problema, ellos no lo harán.

– ¿Qué propones? -sentí una rabia inmensa al ver a mi amigo en ese estado de derrota, como si el resultado le diese igual, semejaba que el daño era irreparable y que nada de lo que le hiciesen podría herirlo más o más profundamente.

¿Entonces, no se preocupa por Leila? ¿No le dolería que le pasase algo? Eso sería aún más daño, es su hermana. «Ya llegaremos a eso» me reprendí mentalmente.

– Tenemos que repasar todo lo que hemos encontrado, tratar de montar el rompecabezas – dije finalmente- ellos han declarado la guerra, y ahora…

– Nosotros les plantaremos cara.

Leila había acabado la frase por mí. Yo lo iba a hacer de un modo menos contundente y menos efectivo, del estilo » tenemos que estar preparados». Admiraba la valentía de aquella chica, esa era la frase adecuada.

Asentí con la cabeza para mostrar mi conformidad. Su hermano también lo hizo y luego me palmeó la espalda afectuosamente. Habían traído la mochila con todo lo que habíamos hallado. Acordamos ir a mi habitación, donde también se encontraba una gran cantidad de libros que habían pertenecido a Iago y a Marta, además de otros documentos. Podrían sernos de utilidad.

Pasase lo que pasase, nosotros les plantaríamos cara.

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