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Sepultado en tierra y agua

No tengo palabras para definir lo que sentí al oír el golpe sordo de la puerta a mis espaldas. Estaba atrapado en aquel siniestro lugar. En un mausoleo diminuto, con la única compañía de tres tumbas incrustadas en la piedra, con los nombres casi borrados, por el paso del tiempo y las filtraciones del agua.

Las tumbas tenían cada una dos argollas, una a cada extremo, suponía que para poder sacar el ataúd en caso de necesidad. Yo no veía la necesidad. Mi única necesidad era salir de aquel lugar infestado de humedad y arañas, de tierra batida y olor a muerte putrefacta.

Los gritos de Leila resonaban todavía fuera, aunque más amortiguados, la risa de Marta, a la que yo veía compuesta por una densa niebla, semejaba elevarse sobre los gritos de la muchacha. Golpeé con todas mis fuerzas la puerta, así el pomo pero una descarga empujó mi cuerpo contra la pedregosa pared del sepulcro.

Una mancha negra se comenzó a extender por la palma de mi mano. Como si aquello fuera una señal que alguien, o algo, hubiera estado esperando, el suelo comenzó a temblar. Primero una frecuencia suave. Miré en derredor buscando asidero, no me iba a agarrar a las argollas de las tumbas y todavía podía permanecer más o menos estable.

Pateé la puerta, tratando de que cediese bajo mi presión, me lancé contra ella con toda la fuerza que pude descargar con mis descarnados hombros. Pero eso solo sucede en las películas de policías fibrados. Yo iba a morir.

Las paredes comenzaban a desprenderse. Surcos de agua se filtraban sibilinamente por el techo. Oí el graznar de un cuervo, seguramente pronosticando lo inevitable.

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No pienses en eso. Haz algo. ¿Quieres morir aquí?

Por supuesto que no quería. Maldita vocecilla. Las vibraciones eran cada vez más fuertes, el agua ya había ascendido por encima de los tobillos. Fuera, Leila gritaba mi nombre con la garganta desgarrada. Seguí tratando de forzar la puerta. La golpeé con una de las piedras de buen tamaño que se habían desprendido de la construcción. Si me hubiera dado en la cabeza, al menos hubiese tenido una muerte rápida.

Pero eso no sucedió.

La puerta no sufrió ningún arañazo. Desalentado, traté de idear otro plan. El mausoleo se estaba llenando rápidamente de agua pero, a pesar de que también se estaba desmoronando, no había una abertura no suficientemente grande como para que pudiese pasar por ella. Iba a morir, lo podía sentir en mis entrañas. No podría ayudar a Leila, que ni siquiera sabía por lo que estaba pasando. Estábamos condenados.

Una enorme sacudida seguida de un grito de Leila, creo que me llamaba, pero no podría jurarlo, comenzaba a estar muy cansado. Con un aspaviento traté de agarrarme a la rugosa pared, pero resbalé por efecto de la humedad. Mis costillas chocaron contras las tres tumbas alineadas. En medio de la siguiente sacudida, dejé de lado mi pudor y me agarré con fuerza a una de las argollas del sepulcro medio, donde había golpeado mi costillar.

El correr del líquido elemento había dejado de ser sutil, corría en pequeños ríos, llenando cada vez más rápido la estancia y arrastrando consigo tierra y piedras. Mis peores pesadillas estaban a punto de hacerse realidad. Iba a ser sepultado vivo.

Sube, puedes encontrar una salida arriba, sube ¡Vive!

Estaba agotado, demasiado cansado siquiera para entrar en una discusión conmigo mismo que, de alguna manera, acabaría perdiendo yo. Tenía sueño. Recuerdo aferrarme a aquella argolla como quien se aferra a un salvavidas, solo que el hierro no me serviría de nada en aquella inundación. Estaba paralizado por el terror y el cansancio. Convencido de que era mi final.

Una enorme sacudida me lanzó por los aires, me tomó de sorpresa y lento de reflejos. Tenía la argolla fuertemente agarrada de modo que la lápida se abrió y el contenido salió disparado.

En aquel momento, cesaron los temblores, el agua dejó de discurrir y la puerta, tan firmemente cerrada, se abrió con un chirrido. Me encogí en mi sitio cuando vi que alguien entraba. No estaba en disposición para defenderme.

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Era Leila, su piel estaba incluso más blanca de lo habitual y tenía sangre en los labios, como si se los hubiese estado mordiendo por la preocupación.

Se lanzó a mis doloridos brazos, la recibí con agradecimiento, haciendo caso omiso de las palpitaciones del costado. Luego nos fijamos en el destrozo. Un ataúd tamaño infantil reposaba en medio de aquel desastre.

Sin pensarlo mucho, me acerqué a él y lo abrí, consciente de que estaba vivo porque había encontrado aquella pequeña caja. Casi esperaba que Leila me detuviese o desviase la mirada, pero no hizo ninguna de esas cosas. Se levantó y se puso a mi lado. Tenía todo el coraje que a mí me faltaba, de eso no tenía ninguna duda.

La pequeña caja estaba vacía, a excepción de un guardapelo y de una fecha que databa dieciséis años atrás. Tratamos de abrir el guardapelo, en vano, había pasado demasiado tiempo y el material se había deteriorado. Pero podría arreglarse.

Leila lo guardó en la mochila con el resto de nuestra pequeña investigación y me tomó de la mano.

– Vamos.

Ni siquiera pregunté. Iría con ella al fin del mundo si existiera, haría lo que me pidiese. Por eso escribo esta historia, su historia, porque yo era el chico de las palabras e hice una promesa.

Aquella fue la noche, rayana en el amanecer, que acabamos en la playa. Estábamos hechos un desastre. Leila tenía su rojo pelo empapado y no conservaba ninguna prenda intacta. Yo contaba, además, con un par de golpes, lo que no me confería mejor estado.

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Nos sonreímos con timidez, luego nos sorprendimos riendo. Recuerdo que ella dio el primer paso, no podía ser de otra manera. Leila siempre fue una mujer fuerte, sabía lo que quería y no tenía miedo de ir a por ello. Era algo que despertaba mi admiración.

Nos desnudamos uno al otro casi con desesperación, como dos supervivientes de una batalla después de haber descubierto que quizá no tendrían tanta suerte la próxima vez. Con manos inexpertas, le quité el sujetador y comencé a acariciarle sus bien redondeados senos.

Me tumbó de un golpe en la arena, antes de subirse a horcajadas sobre mí, el pelo se le pegaba al sudoroso cuerpo, que se movía rítmicamente siguiendo el compás de sus enloquecidas caderas.

Su espalda se arqueó cuando un orgasmo sacudió su cuerpo y sus poros se abrieron por la sorpresa y el gozo. Yo no tardé en seguirla.

Allí nos encontró el amanecer. Tumbados desnudos en la playa. Heridos. Marcados. Pero juntos. Con un beso en los labios y un «te quiero» que jamás fue pronunciado.

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