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La mujer de niebla: Abrazando la tormenta

Quizá fuese el hecho de que las respuestas que encontramos solo sirvieron para sembrar más dudas acerca de la mujer envuelta en niebla. Quizá sentíamos esa soledad candente de cuando no puedes recurrir a nadie más y supimos reconocer en el otro un alma idéntica. Probablemente nos sabíamos en el ojo de un huracán que no entendíamos por completo y nos aferramos a lo único que nos permitía un asidero, por enclenque que este fuera. Quizá, solo quizá, nos enamoramos en el peor momento y en el peor lugar. Un amor maldito desde un difuso inicio que nunca debió haber tenido lugar.

Aquella noche nos enlazamos el uno con el otro con ferocidad, nos arrancamos la ropa como si nada importara en el mundo, sin saber qué nos podía más, el deseo o la necesidad. Los besos suaves se tornaron fieros, nuestras pieles se juntaron en la más primitiva de las danzas que pronto se convirtió en impetuosas acometidas. La luz del sol brilló a la par que nuestro culmen, iluminando la playa desierta y haciendo titilar el sudor que recorría nuestros cuerpos desnudos.

Aún recuerdo el lunar junto a su ombligo, su larga melena pelirroja que no lograba ocultar la forma perfecta de sus pechos redondos. Puedo evocar la suave curva de su espalda, arqueándose hasta el extremo al alcanzar el orgasmo.

Fue una noche especial, en muchos sentidos. Me temo que mis sentimientos me traicionan y he comenzado por el final.

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Es más fácil, más dulce y, en cierta forma, más doloroso de revivir.

La noche que abandonamos mi casa con los secretos de Marta en la mochila me dejé guiar por Leila. Estaba embriagado por el alcohol ingerido y por la confusión de nuestras pesquisas, además, para qué mentir, del miedo de lo que todo aquello podía representar.

No dejaba de imaginar a la mujer de niebla sondeándome la mente, casi podía verla entre las sombras, observándonos, con esa extraña sonrisa cruel en sus labios. Sabedora de todas las respuestas que no lográbamos alcanzar. Consciente de que la realidad que vivíamos le pertenecía. Y que vivíamos de prestado.

Mentiría si dijese que no flaqueé en ningún momento. Por favor, llevaba semanas flaqueando. Nadando en alcohol miserablemente robado del mueble bar de mis propios padres, rebozado en autocompasión, rezumando miedo y sudando cobardía. No tenía ganas de luchar, de seguir adelante y, aún menos, plantarle cara a la atroz mujer que me observaba debajo mi ventana. Ladina. Acechante.

Leila y yo éramos dos náufragos. Yo no quería recurrir a la familia para la cual me había convertido en un deshecho patético. Ella no lo hacía porque no quería enfrentarse a que no la creyesen o la tomasen por loca. Estábamos solos en la tormenta. Y decidimos abrazarla.

Lo que por separado no fuimos capaces de hacer, lo encaramos juntos. Leila tiraba de mi mano con fuerza, como si temiese que fuera a desasirme. Como si eso fuera posible. Si pudiese, aún estaría aferrando hoy su mano, blanca como el papel, salpicada de juguetones lunares diminutos.

Aunque yo desconocía el camino, mi acompañante no dudaba en dar un solo paso, hasta que nos encontramos envueltos en resquebrajadas lápidas, ángeles sin rostro y panteones que habían conocido tiempos mejores. De borracho adolescente a asaltador de tumbas en una noche. Mi futuro prometía una meteórica carrera.

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¡Vete! ¿A qué esperas? ¿Vas a servirle tu muerte en bandeja?

Silencié mi voz interior lo mejor que pude. Leila estaba parada ante un envejecido panteón de estilo gótico, coronado por una especie de querubín que no se sabía muy bien si estaba más del lado de Dios o del ángel desterrado.

De las vidrieras policromadas que debieron ornamentar con gusto, aunque un tanto fuera de lugar, el panteón solo quedaban algunos pedazos de diversos colores y rodeando el mausoleo. Se podían distinguir algunas imágenes que te permitían hacerte una idea de quien, o más bien cómo, había sido aquella familia. En un trozo se divisaba el cuerpo de un hombre en dejándose diseccionar por un grupo. Otra permitía ver un brazo femenino al que una cabeza, cuyo cuerpo se había perdido con el resto del cristal, le sorbía la sangre con una mezcla de satisfacción y lujuria. La más desagradable nos mostró parte de una mujer que aspiraba lo que parecía ser el alma de un bebé, el cordón umbilical aún unía a ambas figuras.

Nuestro ánimo por penetrar en el sepulcro no sabía si sentirse menguado ante semejantes imágenes o embravecido. Ambos teníamos familia. Si aquella gente existía y no era más que una de las tantas excentricidades de Iago López, quizá siguiese en activo. O probablemente todos hubiesen muerto ya. De momento daba igual. Esa era otra guerra. Los problemas, y los fantasmas, de uno en uno, háganme el favor.

La puerta estaba trabada, me lancé contra ella pensando que con un golpe los años de desuso acabarían cediendo bajo mi peso. Lo único que cedió fue mi orgullo cuando reboté y acabé sentado en el suelo húmedo del camposanto. Leila soltó una risilla. Lo cierto es que debía ofrecer una imagen bastante cómica y me alegré de poder hacerla reír en esos momentos.

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Sin poder evitarlo, estallé en carcajadas.

No tardó en unirse a mi febril ataque de hilaridad. Doblada por la mitad, se apoyó en la portezuela a coger aire. Al tocarla, se abrió suavemente sin emitir sonido alguno. Nuestras carcajadas cesaron de inmediato.

Un borroso haz de luz provenía del interior de la construcción. Por un momento temí que la mujer de niebla nos estuviese esperando. Aún no asimilaba que aquella mortecina mujer fuese en realidad Marta. Aspiré todo el aire que pude de un solo golpe. Sea lo que fuera que Leila había querido venir a buscar al panteón de aquella puñetera familia, nos estaban esperando.

Me acerqué a la puerta lentamente, sin pararme a pensar, sin querer pensar, de dónde provenía ese esplendor en medio de la oscuridad. Sentía como el vello de mis brazos se erizaba como si recibiese una descarga eléctrica. Supongo que no se diferenciaba mucho de lo que estaba viviendo.

No es buena idea, es la peor idea que has tenido. ¡Es una trampa!

No podía estar más de acuerdo con aquel cosquilleo del fondo de mi cerebro. Pero algo me impulsaba a adentrarme en el siniestro mausoleo. Ya no sabía si era encontrar respuestas, la verdad, o la imperante necesidad de no volver a ver a aquella translúcida mujer nunca más.

Una vez dentro del panteón, la luz vibró hasta cegarme, traté de ocultarla alzando los brazos, en vano. La puerta, que tan fácilmente se había abierto, se cerró de un golpe sordo a mis espaldas.

Fuera, se oían las carcajadas inhumanas de una mujer mezcladas con los gritos de Leila, que solo acertaban a decir mi nombre. La mujer de niebla había guiado nuestros pasos todo el tiempo.

Después sólo vino la oscuridad.

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