Narrativa-historia

Secretos en la oscuridad

El alivio que había sentido al verme liberado de la carga de mi culpabilidad, parecía disiparse con cada paso que daba a mi habitación.

Leila me seguía, con sus ojos verdes muy abiertos, observando todo lo que descansaba alrededor, atenta a cualquier movimiento inesperado.

Cuando llegamos a mi habitación, nuestras miradas se posaron automáticamente en el armario. Podía sentir la pesadez de mi estómago, como un nido de serpientes que se revolvían sobre sí mismas. No iba a poder hacerlo.

Abre el armario

Pero yo no quería hacerlo. No estaba preparado para enfrentarme a los secretos en la oscuridad. A decir verdad, tampoco lo estaría si hubiésemos estado a la luz del día.

Si no lo haces te volverás loco

Quizá ya fuese un poco tarde para eso. Ya hacía tiempo que vivía en una especie de irrealidad. Aunque era probable que la molesta vocecilla tuviese razón, era hora de enfrentarse al problema. Lo peor que podía pasar era que perdiese completamente la cabeza y al ritmo que iba, no faltaba mucho para que lo lograse por mis propios medios.

Abrí las puertas del armario de un solo golpe, como si quemasen. Una niebla espesa comenzó a filtrarse desde las profundidades del mueble hasta mi cuarto. Leila se apartó de un sorprendido salto antes de volver a ocupar su puesto a mi lado.

Sin mediar palabra, vaciamos el armario de todos los libros de los antiguos dueños que había metido dentro. Luego llegó la parte difícil. Teníamos que desencajar el doble fondo.

Desistí tras varios intentos en los cuales la tablilla se mofó de mí, dejándome como recuerdo un par de cortes y unas astillas clavadas profundamente en los dedos.

– Déjame probar a mí – Leila irradiaba resolución – Tengo las manos más pequeñas, puede que sea capaz de moverla lo suficientemente como para que luego podamos quitarla entre los dos.

Antes de que pudiera responder, la mitad del cuerpo de mi amiga ya había sido engullido por el mueble. Oía su forcejeo y su respiración dificultosa. Seguramente no estuvo más que unos minutos luchando con el doble fondo pero a mí se me antojó mucho más tiempo.

Comencé a pensar que le sucedería algo horrible y, cuando me disponía a agarrarla para sacarla de allí, oí un sofocado grito triunfal. Había conseguido mover la tabla.

En apenas unos minutos de intenso trabajo, tuvimos en nuestras manos la mitad de la tabla que ocultaba el verdadero fondo del armario. Debía ofrecer una visión bastante cómica, con aquel gigante y deslabazado trozo de madera. En cuanto Leila posó la vista en mí rompió en sonoras carcajadas y yo, víctimas de la presión de aquellos días, del cansancio y contagiado de aquel estallido liberador, reí con ella.

Fuimos sacando el contenido que, con tanto celo, alguien había ocultado en aquel armario. Tan seguro de que nadie lo descubriría. Pero nada dura para siempre. Cuando acabamos, sobre mi cama teníamos una colección de lo más variopinta. Un álbum de fotos, un par de lazos, idénticos al que yo había encontrado, unos frascos con un contenido indeterminado, diversos cachivaches para los que no conocíamos uso alguno, un cuaderno de notas y un sobre cerrado.

Aparte de esta más que notable suma de objetos desconcertantes, se añadía la montaña de libros de carácter esotérico que yo había escondido en el armario. Más por pereza que por otra cosa, también ayudaba el hecho de que de haberlos visto mi madre me hubiese obligado a tirarlos. Siempre fui incapaz de desprenderme de un libro y, mucho menos, de tirarlo. Si no me gustaba lo podía regalar o donar pero hasta eso ocurría muy pocas veces.

– ¿Por dónde quieres empezar? – me preguntó Leila con un tono divertido del que se desprendía cierto matiz de sorpresa ante nuestro hallazgo.

– Primero abramos el cuaderno – respondí, tratando de postergar lo máximo posible enfrentarme al contenido del álbum y, con ello, a la confirmación de mis sospechas.

Cobarde

Ciertamente. Pero aún quería alimentarme un poco más de esperanzas vanas. Caí en la cuenta que la botella sustraída del mueble bar nos había acompañado en nuestra cacería. La cogí como un náufrago a un salvavidas y le di un buen trago con la esperanza de infundirle valor a mi espíritu retraído o que, al menos, adormeciese mis sentidos. Que hiciese callar mi miedo.

Leila tomó la botella una vez hube bebido. Pensé que me la quitaría, harta de ser la niñera de un mocoso apático. Me sorprendió cuando se la llevó a los labios y dejó que el líquido ámbar bajase por su garganta en tres largos tragos. Definitivamente no era el único con la necesidad de temperar los nervios para enfrentarse a lo que nos acababa de venir encima.

Cogimos el cuaderno. Más que alivio o respuestas, lo que suscitó fueron nuevas preguntas. En la primera página, cuidadosamente pegado, estaba uno de los lazos. Al lado del lazo, con una letra pulcra, había una hilera de ocho números sin sentido. Bajo la misma hilera, destacaba otra,con una serie aún más larga y más desconcertante.

En el mismo cuaderno, encontramos recortes de periódico de los sucesos acontecidos en la casa. Supongo que cuando en un lugar sucede una historia inusual que se vuelve célebre, para bien o para mal, se tiende a la exageración. Quizá para que la historia se convierta en leyenda y atraer a los turistas, o probablemente porque el boca a boca acaba distorsionando la historia original.

Creía que lo que les había ocurrido a Iago y Marta había sucedido hacía varias décadas, pero, según los recortes del periódico, los años transcurridos entre su muerte y aquel verano eran aproximadamente dieciséis. No había pasado tanto tiempo. Quizá querían alejarse de aquel asunto poniendo años de por medio, de tal modo de poder hablar de ello como un antiguo cuento de viejas en el que no tenían nada que ver, porque nunca podrían haberlo vivido debido a la distancia temporal. No podía entender ni compartir esa actitud. ¿Qué había de malo haber sido coetáneos de aquel peculiar matrimonio?

Piensa, estúpido. Todos tienen algo que esconder, al menos los que trataron con ellos. Probablemente en la mayoría de los casos sean minucias que creen que les puedan dañar la reputación. Pero habrá otros… que se esconden porque sus temores no son infundados.

No podía estar más de acuerdo con mi vocecilla impertinente. De modo que colocamos el cuaderno en un rincón del escritorio, inaugurando la sección «cosas para investigar».

Era hora de enfrentarse al álbum. Sostuve el aliento mientras Leila lo abría con ciudado. Sería justo decir que ya la primera fotografía nos impresionó a los dos. El álbum se le escurrió entre los dedos y aterrizó sin ruido en el suelo.

No estaba loco. No estábamos locos. La realidad era mucho peor. La mujer que me observaba desde el jardín, aquella mujer morena, que parecía compuesta por la propia niebla.

La mujer que había arrastrado a Leila al fondo del agua. Era Marta. La misma que ahora sonreía a cámara en una foto en blanco y negro, alzando una copa ornamentada.

Había sido ella todo este tiempo.

– ¿Qué vamos a hacer?

<h2>

Me tragué las palabras que pugnaban por salir. «No lo sé» no es lo que necesitaba escuchar, ni lo que merecía. Estaba completamente desorientado. Nunca tuve madera de líder y no creía que esta fuera a ser la excepción. Estaba seguro de que Leila podría manejar la situación mejor que yo.

– El cuaderno es lo que tenemos ahora – respondí con cierto balbuceo – cuando lo hayamos asimilado mejor, podríamos volver al álbum, por si descubrimos algo.

Leila me abrazó y me obsequió con un breve beso en los labios. Guardamos el álbum y el cuaderno de notas en mi mochila, junto con la botella. A prisas, volvimos a meter todo en el armario y cerramos.

– ¿Crees que tus padres se preocuparán si no estás cuando vuelvas?

Ni siquiera le pregunté qué se proponía. Estaba mucho más a gusto con ella que encerrado en mi propia casa. Garabateé una nota a mis padres, mintiendo descaradamente acerca de una acampada con Leila y su hermano. Me despedí lo más afectuosamente posible que permite un trozo de papel y la sorda culpabilidad antes de salir de casa con Leila.

Puedes encontrar el resto de capítulos de La mujer de niebla aquí, al igual que narrativa en general.

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