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Sombras entre las sombras

Aquella noche mi mente vagabundeó entre la expectante vigilia y unas incoherentes pesadillas en las que una mujer de tez marmórea, cuya palidez se veía aún más acentuada por la melena negra que endurecía sus rasgos.

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Estaba ataviada con lo que, en un principio, me pareció un vaporoso vestido blanco. No tardé en darme cuenta de que la bruma que la acompañaba se aseguraba de no dejar a la vista su desnudez. Casi parecía flotar, su pelo desafiaba toda ley de la física, moviéndose y retorciéndose a su propio capricho.

Al despertar, sobresaltado y sudoroso, apenas podía recordar las palabras pronunciadas en sueños, sentía el eco de la rabia de aquella mujer, de su desesperación y de su profundo odio. Había algo que necesitaba, pero yo desconocía si se trataba de resolver asuntos pendientes o de venganza.

Me restregué la cara con agua fría, tratando casi con éxito, convencerme de que todo había sido un mal sueño, provocado por la súbita aparición del lazo, quizá destinado a adornar la cuna de una criatura que nunca llegó a ver la luz del sol.

Desayuné con mis padres, la conversación fue parca, pero como estaban convencidos de que yo estaba atravesando «esa fase en la que los padres somos el plan B», tampoco insistieron. Se enlazaron en una conversación sobre los artículos que había en la casa y cuáles de ellos pasarían a mejor vida.

Antes de tener que oír la retahíla de recomendaciones de mi madre, me escabullí hacia el punto de encuentro en la playa, pertrechado de una pequeña mochila en la que guardaba una toalla y unos pocos víveres.

Cuando llegué, Xulián competía consigo mismo tratando de controlar el balón, con tantos toques como fuese posible, con tal de que no cayese al suelo.

Leila lucía un bikini blanco de algodón que casi se mimetizaba con el tono de su piel. Su larga melena roja le arrancaba al sol reflejos dorados. En aquel momento, me pareció sacada de un sueño.

Aparté la vista con rapidez, no quería que nadie se sintiese incómodo, con un poco de suerte, ninguno me había visto quedándome embobado mirándola mientras recogía conchas y otros objetos más peculiares. Eran los tesoros de Leila, solía decir que la hacían sentir como una pirata. Incluso en ocasiones como aquellas, me costaba averiguar dónde acababa la verdad y dónde comenzaba la fantasía o, más bien, la burla hacia mí.

En el momento en el que crucé la vista con su hermano, pude apreciar en sus ojos una mezcla de burla y diversión. No lo culpaba. La sola idea de que Leila pudiese corresponder a alguien como yo ya era de por sí carcajeante por lo inverosímil. Sin embargo, en mi propia timidez, había malinterpretado el verdadero motivo que divertía a mi amigo.

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– Bueno, espero que estés preparado para la caminata – dijo Xulián con una sonrisa de medio lado mientras se sacudía la arena del bañador – Que sepas que hemos cambiado la ruta por ti, los chicos de ciudad no estáis acostumbrados a estas cosas, podría darte un «pallá»

Leila trataba de no reírse descaradamente, lo cual agradecí, pero tampoco creía que la caminata fuese para tanto, fuera yo de ciudad o de debajo del mar.

– Pero te llevaremos a un lugar muy chachi y tendrás caminata – añadió la muchacha.

– Y si sales vivo de esta, iremos a la montaña- sentenció Xulián dándome la mano.

Lo que yo creía que sería un paseo un poco más duro entre la naturaleza se convirtió en tortura en la naturaleza. Cuando vislumbré el final, no pude menos que dar gracias de que el corazón no se me hubiese salido por la boca.

Ambos hermanos estaban frescos como rosas cuando realizamos el asentamiento. Era una zona del bosque en las que nos esperaban unas cristalinas piscinas naturales, listas para que nos librásemos del calor zambulléndonos en sus profundidades.

– Chico de ciudad ¿Estás bien? – preguntó Xulián, dándome una palmada en la espalda.

– Sí – mentí – llevo toda la vida subiendo escaleras.

Nos miramos durante una fracción de segundo antes de romper en carcajadas. Aún nos mofábamos el uno del otro cuando un rayo rojo pasó por nuestro lado, en dirección a una de las piscinas, entonando «tonto el último»

Ninguno de los dos quería cargar con ese sambenito, así que nos dispusimos a seguirla sin molestarnos en quitarnos la ropa.

Al llegar al agua lo único que encontramos fue la compañía del otro. Buceamos, por sí se había hecho daño al caer, pero no quedaba ni rastro de ella.

Leila había desaparecido delante de nuestros propios ojos y ninguno de nosotros sabía cómo había sucedido.

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