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Leila

Nuestro nuevo hogar se me antojaba demasiado grande para las tres personas que componíamos el núcleo familiar. Lo único positivo fue que no hubo lugar a ningún tipo de discusión por la toma de posesión de nuestros respectivos cuartos.

Mis padres se acomodaron en una amplia habitación que hallaron en la segunda planta. Yo, tras un rato de vagabundeo, me conformé con un habitáculo, no muy grande, pero con unos amplios ventanales que me permitían ver la playa en toda su extensión.

Daba la impresión de que nadie había pisado la casa en muchos años y el suelo semejaba protestar bajo nuestros pies. Mi madre, ataviada para entrar en un zafarrancho de limpieza, lucía un gesto de determinación en el rostro.

Procuré no cruzarme con ella, no quería que me usase como parte de su ejército particular y me escurrí ladinamente por la puerta de mi recién estrenado cuarto.

El descubrimiento

Los estantes estaban llenos de polvo y libros corroídos por el paso del tiempo. Lo último en lo que estaba pensando en ese momento era en ponerme a ordenar y limpiar. Miré el destartalado armario como si éste me hubiera sugerido la idea más original del universo. Vacié todas las estanterías y junté todos los objetos recopilados en ellas, con una mano abrí el armario y traté torpemente de esconder mis quehaceres hasta que llegase un momento más oportuno.

No afiancé suficientemente algunos de los libros, que tropezaron en el borde del armario y cayeron, entre una nube de polvo, al suelo. Al examinar mejor el fondo del armario, observé que era menos profundo de lo que parecía a simple vista, como si alguien le hubiese agregado una tabla adicional que ocultase la verdadera profundidad del mueble.

Traté de empujar la tabla pero apenas la moví unos milímetros, se encontraba muy bien anclada. Quien quiera que lo hubiese hecho, quería asegurarse de que su secreto quedase oculto para siempre. Un reflejo blanco me impulsó a bajar la mirada. En una de las esquinas, atrapado en el poco espacio que había conseguido mover, se intuía un trocito de tela blanca.

Podía haberlo dejado correr, pero mi curiosidad era mayor. Tomé el trocito de tela y tiré de él. Si hubiese un espejo en mi cuarto podría haber contemplado mi cara de perplejidad y confusión en el momento en el que abrí mi mano y me encontré un pequeño lacito blanco, con parte de lo que había sido un adorno en el centro.

Mi cabeza trabajaba a toda velocidad, Iago y Marta iban a ser padres cuando ella murió, quizás tenían ya cosas para el futuro bebé y, cuando la tragedia cayó sobre la familia, Iago sepultó todo recuerdo de lo que podría haber sido su vida.

Azorado por mi descubrimiento, por los sentimientos de pérdida que significaban, arrojé el lazo al armario con el resto de los libros y salí de la casa sin rumbo fijo. Sólo quería sacarme de la cabeza aquella historia que ni siquiera tenía por qué ser cierta.

Nuevos amigos

El aire fresco de la mañana me golpeó en la cara. Disfruté del frescor con los ojos cerrados, tratando de que me invadiese la tranquilidad que aquel pueblo transpiraba.

Caminé por la playa. Nunca había estado en una, nunca había visto el mar. Un vasto manto de hipnotizante azul eléctrico coronado por arena blanca y caliente. Me descalcé y me acerqué al agua, sin poderme contener. Me arrepentí al segundo, estaba completamente helada, provocando que mi piel se encrespase en un gesto de reproche.

Un golpe repentino en mi mejilla izquierda hizo que me olvidase por completo de la temperatura del agua. Al girarme, me encontré un chico esbelto y moreno, enfundado en un bañador negro, que se deshacía en disculpas.

– Hola, me llamo Xulián – dijo, un tanto azorado – ¿Juegas?

Ni siquiera lo pensé, contento con la sencillez con la que se estaban desenvolviendo las cosas, quizás no estuviese tan a disgusto en aquel lugar, después de todo. Jugamos al fútbol mientras las horas pasaban sin dar muestra de ello.

Xulián resultó ser un muchacho más hablador y divertido de lo que su apariencia vaticinaba, quizás más de lo que él mismo pensaba. Sin embargo, bajo su alegría innata, se percibía un aire de nostalgia.

Era hijo de un marinero por lo que pasaba casi todo su tiempo rondando al mar, anhelando una vuelta que no iba a producirse. Vivía con su hermana pequeña y con su madre. Esta última regentaba la única peluquería del lugar, centro neurálgico de los chismorreos del pueblo. De este modo, todos estaban al corriente de nuestra llegada, incluido mi nuevo amigo.

– Tú eres el hijo del médico ¿No? – dijo con una sonrisa de medio lado.
– Sí ¿Cómo lo sabes?
– Aquí nos conocemos todos – contestó- es lo bueno y lo malo de vivir en un sitio pequeño.

Xulián a sus diecisiete años contaba con pocos amigos, casi todas las familias jóvenes estaban abandonando, paulatinamente, la paradisíaca villa costera para buscar fortuna en la ciudad. Parecía encantado de contar conmigo, sin saber que no podría estarlo tanto como yo agradecía haber dado con él.

– ¿Piensas venir a comer? – nos interrumpió una voz dulce y femenina cargada de sorna – Aunque si lo prefieres puedes morir de inanición.

Al girarme una muchacha pelirroja observaba a Xulián con gesto divertido. Era casi tan alta como él, tenía una piel blanca, casi marmórea, salpicada por lunares y pecas. Su hermoso rostro se iluminaba con unos ojos verdes brillantes, que me dirigían una mirada de evaluación, una larga melena rojiza caía en cascada cubriendo todo lo largo de su espalda.

Estaba vestida con unos sencillos vaqueros cortos y una camiseta descastada de color morado que no conjugaba nada bien con el color de su pelo.

– Tomé, te presento a mi hermana, Leila.

Acerté a balbucir las frases pertinentes de cortesía, recibiendo como respuesta un beso sutil en la mejilla y la recompensa de verla desaparecer calle arriba.

Me retiré a comer pero no sin la recompensa de ir con Xulián al día siguiente a hacer senderismo hasta un mirador que había en lo alto de la montaña del pueblo. Era un lugar turístico desde el que se podía ver como la ría bañaba toda la zona.

Vértigo

Al llegar a casa encontré a mi padre poniendo la mesa mientras mi madre acababa de hacer de comer. Parecían contentos como no los había visto en mucho tiempo, charlaban alegremente e incluso bromeaban juntos. Comenzaba a creer que aquel cambio era lo mejor que nos podía haber pasado, allí me sentía mejor, más relajado, como si las cosas discurriesen con mayor fluidez.

En cuanto subí a mi habitación me di cuenta de lo equivocado que estaba.

Contrastando con la funda azul marino, encima de mi almohada, se encontraba un lacito blanco. Lo reconocí inmediatamente. Tenía los mismos desperfectos en el ornamento central y el mismo tipo de encaje en las puntillas.

Miré a ambos lados, como si la respuesta se fuese a delatar por el mismo hecho de que yo otease en derredor. Bajé las escaleras de dos en dos hasta la cocina, todo podía tener una explicación perfectamente lógica. Todo tenía que tener una explicación lógica.

– Mamá – comencé a preguntar tratando que mi voz sonase normal – ¿Has estado en mi habitación colocando algo o así?
Mi madre me observó con el ceño levemente fruncido, casi parecía que le había estropeado un momento de especial felicidad.
– No, casi prefiero no arriesgarme a entrar en esa leonera – contestó luciendo de nuevo serena y alegre – Además, el trato era que debías ser tú quien ordenase tus cosas. Ya eres mayorcito.

El mundo comenzó a girar vertiginosamente bajo mis pies. Traté de tranquilizarme, que mi madre no me pudiera dar una explicación, no significase que no existiese.

Y tenía razón, lo que no sabía era que mi descubrimiento tenía un coste elevado.

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