Xácome

– Hemos venido a hablar de Marta.

Bien hecho, chico, a bocajarro, sin dejar espacio para presentaciones ni sondeos. Leila me miró con cara de desaprobación pero era tanta la desidia que sentía que no podía siquiera disculparme. Solo quería que todo acabase, preferiblemente con nuestro pellejo intacto.

Había perdido la cuenta de todos los antros que habíamos visitado antes de que nos dijesen donde podríamos encontrar a Xácome. Aquel lugar era el peor de todos los que habíamos visto hasta el momento. Era un bar lúgubre, lleno de polvo y de gente bebiendo Cien Pipers sin haber entrado el mediodía. Disponía de butacones deshilachados que habían perdido el color rojo que una vez habían tenido a causa del desgaste y el abandono. No era un lugar para pasarlo bien, era un lugar de olvido y desesperación.

Xácome estaba apoyado en la barra, su pelo rojizo ya clareaba en algunas partes y se encontraba ralo, tan abandonado como aquel bar. Sus brillantes ojos azules casi parecían opacos a causa del alcohol. No sabía lo que quería olvidar aquel hombre pero estaba demasiado enterrado en su alma como para deshacerse de él a golpe de chupitazos.

Xácome nos lanzó una mirada asombrada antes de girar en derredor y asegurarse de que nadie más había oído semejante escupitajo verbal.

– Por favor -susurró Leila- solo queremos conocer la verdad.

No creía que un hombre tan rudo se rindiese ante las palabras de una jovencita que no conocía de nada. Pero nos equivocamos. Miró a Leila largamente, con una sonrisa con posos de amargura asomando entre la comisura de los labios.

– A vosotros también os ha visitado.

No era una pregunta. Xácome sabía perfectamente por qué nos encontrábamos ante él. Era la única persona que podíamos vincular a Marta, muy estrechamente por cierto.

– Tú eres la hija de Mercedes ¿No? – Leila asintió con la cabeza. Xácome suspiró entrecortadamente y, con un gesto de cabeza, nos invitó a un reservado del bar, donde podríamos charlar tranquilamente- No puedo dejar de verla.

Leila temblaba sentada en aquella destartalada silla de madera. No era un lugar cómodo, era un sitio al que acudían los marineros veteranos que se habían quedado sin trabajo por la crisis y la edad. Donde acudían las almas en pena a ahogar sus recuerdos en alcohol, era un espacio dedicado a aquellos que se encontraban más muertos que vivos.

– Ni siquiera sé por qué voy a contaros esto a unos niños como vosotros -comenzó- No es una historia para disfrutar.

Marta y Xácome se habían conocido cuando ella se había hartado de la vida que le daba su marido. No era un mal hombre, quizá Marta esperaba demasiado de él, de una vida en matrimonio o de aquel poblacho idílico al que la había arrastrado buscando mejor fortuna.

Con el tiempo, Xácome se enamoró perdidamente de Marta, de su larga melena oscura, de sus rasgados ojos avellana, de aquel cuerpo perfecto pero nunca llegó a entrever lo que habitaba en las profundidades de su corazón. Esa parte del misterio le encantaba y le volvía loco. Marta era como el mar, aparecía y desaparecía sin dar explicaciones, siempre cambiante, voluble.

Cuando se enteró de que estaba embarazada, Xácome, que nunca había tenido la esperanza de dejar descendencia, la sorprendió ilusionándose. Marta no esperaba esa reacción, tampoco la quería. Temía la ira y la vergüenza de su marido cuando se enterase de que estaba encinta. Habían intentado concebir desde su primer año de matrimonio, sin éxito. Ambos estaban convencidos de que Marta era la del problema, no podían ni siquiera imaginarse que realmente radicaba en las bolsas sagradas de Iago, habría sido un insulto a su virilidad.

Durante meses, lo llevaron en secreto. Un secreto tan a voces como su relación, que se extendía por el pueblo como si siguiese un rastro de gasolina. Se encontraba en la boca de todos y Marta, cada vez más preocupada, dejó de ver a Xácome.

Posiblemente lo amase, pero si buscaba en su fuero interno, el marinero sabía que no había sido más que una distracción. Marta era una mujer con ambición, y egoísta. No habría permitido que su hijo tuviese un padre con un oficio sin futuro.

– Fue casi una casualidad que la hubiese encontrado en la laguna -confesó- sabía que era uno de sus sitios favoritos y fui allí con la esperanza de verla, de convencerla de volver a mi lado.

La fachada de lobo de mar había caído. Una larga sombra atravesaba la mirada de Xácome. Realmente la había amado, tal vez incluso la siguiese amando a pesar de todos los años pasados, a pesar de que lo acosase de noche, cuando se creía a salvo en su casa.

– Me persigue porque no pude salvarla.

– Te persigue porque te llevaste a su hijo -tercié- porque tú lo salvaste.

– Sé que busca a su bebé -respondió Xácome- pero devolvérselo sería como entregárselo a la muerte.

Miró a Leila con aquellos penetrantes ojos azules. Estaba meditabunda, como si una idea empezase a fraguarse dentro de su cabeza. Su pelo rojizo se le pegaba al rostro empapado de sudor. Me sentía como si compartiesen un secreto tácito y me hubiesen dejado fuera. Casi parecía un duelo de miradas, Leila no había mediado palabra desde que le había pedido que contase su historia. Ahora respiraba como a pequeños sorbos, como si el aire la rehuyese.

– ¿Sabes cómo te hiciste esa cicatriz? -Xácome señaló el hombro desnudo de Leila, donde se podía ver un finísimo hilo púrpura atravesándolo, pero Leila no respondió- Yo te la hice cuando te saqué del vientre de tu madre.


No te pierdas ningún capítulo de La mujer de niebla, la historia continúa…

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