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La vida de Marta

No recuerdo cuantas noches pasé en vela, por temor a la imagen de desaprobación de mis padres, que se me aparecían en sueños. Xulián y Leila, me visitaban con toda la frecuencia que podían. Estaban asustados, se les podía leer en la cara. Tenían pánico de perder a su propia familia, tal y cómo yo había perdido a la mía. No podía culparlos, la realidad nos había golpeado a todos con fuerza. Marta, esa fascinante y terrible mujer de niebla, nos había reducido a añicos.

Lo que yo no sabía, ni podía saber, sumido en mi propia autocompasión y dolor, era que Leila había estado investigando por su cuenta. Ni siquiera Xulián conocía este hecho. Yo me pasaba los días encerrado en casa. No tenía padres que enterrar, ni siquiera la certeza absoluta de su muerte, sólo su lacerante ausencia. La mujer de niebla se los había llevado.

Por mi culpa.

Trataba de mantener a raya aquellos pensamientos, pensando en lo que había perdido, ciego ante aquello que aún podía perder. Ninguno de nosotros estaba a salvo, en nuestro interior todos lo sabíamos. Estábamos cerca de la renuncia, empequeñecidos ante el poder de una Marta que no debería haber compartido el espacio con nosotros. Pero, sin saberlo, nos estábamos quedando sin tiempo.

Ya era de noche cuando Leila irrumpió en mi casa. Sus facciones estaban desencajadas por lo que había descubierto. Aún había alguien en el pueblo que recordaba a Marta. E íntimamente. Quizá demasiado íntimamente para gusto de su marido.

Leila volcó el contenido de su mochila sobre la mesa del salón. Un festival de fotografías y recortes de periódico antiguos se desparramaron en un torbellino monocolor. Con gestos rápidos, ordenó las noticias y las imágenes en pequeños montoncitos, lista para ilustrar la historia que había estado recomponiendo.

Marta Queiruga llegó al pueblo de la mano de su marido Iago López. Nunca fue feliz en aquella pequeña villa apartada del mundo. Quizá resultase un lugar demasiado pequeño para ella, carente de atractivo, un sitio en el que veía como su vida pasaba hasta consumirse. Era un matrimonio joven pero en sus caras se podía leer los estragos del paso del tiempo. La costumbre, la comodidad y el miedo a la soledad los mantenían juntos pero ya no había amor, si es que alguna vez lo hubo.

Sintiéndose atrapada, comenzó a frecuentar los locales nocturnos, fiestas y todo el ocio que la villa le podía ofrecer. En un principio sólo quería divertirse, distraerse de los problemas del hogar, dejar respirar un matrimonio agónico que daba sus últimas bocanadas de aire.

Nunca quiso que llegara tan lejos, pero aquella pequeña aventura que comenzó una noche, casi por casualidad, empezó a prolongarse en el tiempo. Se tornó distante con su marido y toda persona que le recordase su situación, volviéndose una sombra taciturna y perpetuamente triste. No podía escapar de su matrimonio, no podía iniciar una nueva vida. Estaba atrapada entre los pasos que había recorrido y sus propios errores.

Descubrió que estaba encinta. Sólo podía ser de una persona ya que Iago y ella hacía tiempo que no compartían el lecho. Traería la vergüenza a la familia, a su marido quien sabría que el problema para concebir radicaba en él. Lo ocultó todo el tiempo que pudo hasta que su embarazo se tornó demasiado evidente.

No pudiendo soportar más esa situación, se arrojó desde lo alto de un risco hasta la laguna. El golpe y las aguas se llevaron su vida y silenciaron los rumores. Se la recordaría como una mujer feliz, una esposa entregada, una persona a la que la tragedia había golpeado en la flor de su vida. Nunca nadie supo quien era el verdadero padre del niño que llevaba en su vientre y todo aquel que conocía su aventura semejó olvidarla como si nunca hubiera ocurrido.

Leila sabía quien era aquel hombre al que el pueblo había condenado al olvido. Un único recorte de periódico temblaba en sus manos blancas como el mármol. Era una noticia que había acaparado la primera plana del periódico local, ya extinto. En ella se narraba la heroica actuación de un lugareño al salvar la vida de un bebé al encontrarse con su madre sin vida.

No decían nombres, no hacía falta. Todos sabían quien era aquella mujer que se había ahogado en la montaña. Lo que nadie parecía recordar era que la criatura que había estado gestando se había salvado. La cabeza me daba vueltas, no alcanzaba a comprender para qué servía un sepulcro si el bebé se había salvado. Tenía muchas preguntas y ninguna respuesta.

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– ¿Crees que lo sabe? -la miré sin comprender- Me refiero a si sabe que su hijo está vivo.

– Quizá sea eso lo que busca. Venganza por lo que le arrebataron.

Nos quedamos en silencio. Me moría de ganas de besarla, me parecía que había pasado toda una vida desde aquel amanecer en la playa. Quizá Marta también se había llevado todas nuestras posibilidades. Ni siquiera sabía qué era lo que sentía Leila al respecto. Sentía que se me escurría entre los dedos y no podía hacer nada por retenerla. Quizá lo viese como un error, una buena noche que no se repetiría nunca.

Olvídala. Sálvala de ti mismo.

No soportaba pensar en eso, había perdido demasiado en los últimos días como para permitirme creer que también la perdería a ella, por muy fuerte que fuese aquella certeza.

Volví la vista a la noticia que Leila aún sujetaba con fuerza. Un solo vistazo fue suficiente para reconocer al héroe local. Se trataba de Xácome, el hombre que nos había conducido hasta el que sería nuestro nuevo hogar el día que llegamos al pueblo.

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