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Un nuevo comienzo

Abril llamaba tímidamente a las puertas cuando mi padre entró con paso seguro en mi habitación, irradiaba un aura de orgullo en el que se percibían unas notas de tristeza. Esa noche sería la primera vez que se dirigía a mí como si fuese un hombre y no como el adolescente inseguro que me sentía. Recuerdo que hizo que el pecho se me hinchase de madurez, como si la adultez llegase de golpe y me inundase por completo.

De este modo, sin más explicaciones fue como supe que sería la última noche que pasaría en la única casa que había llamado hogar. Nunca supe las razones, aunque bien sabía que debían ser poderosas para ni siquiera mencionarlas. En mi fuero interno, sabía que lo único que intentaba era protegerme, como siempre lo había hecho.

A pesar de todo, recibí la noticia como si una manada de elefantes entrase en tropa por la puerta de mi cuarto. No dejaba de pensar en todo lo que iba a dejar atrás. Mi amor imberbe con Mariana, mis amigos de toda a vida, la tienda de cómics a la que iba todos los martes sin excepción. Quince anos que se desvanecían sin que pudiese hacer nada por evitarlo.

Apenas tenía cosas que empacar, toda mi vida estaba reducida a un par de cajas y a una maleta. Resumía perfectamente el tiempo que había pasado en aquella casa. Permanecí quieto, con la visión de mi habitación desnuda gravada a con hierro candente en la retina, hasta que sentí que las lágrimas purgaban por aflorar. Debía dejar de ser un niño, era una promesa que me había hecho a mi mismo.

Un nuevo hogar

Un destartalado tren nos condujo a nuestro destino tras diez horas de viaje. Pronto comprendí que el cambio iba a ser más grande de lo que había previsto en un principio. Aquel pueblo costero, que mi padre se empeñaba en llamar «pequeño paraíso», apenas contaba con poco más que unas cuantas casas, arena y un bosque frondoso del que estaba seguro que no escondía pistas de fútbol. Ni mucho menos iba a haber tiendas de cómics. Aquella no era mi idea de un nuevo comienzo, por descontado.

«Bienvenidos al país del aburrimiento absoluto» rezongué para mis adentros. Mientras, mi padre charlaba en voz baja con un señor al que no pude reconocer. Al parecer, mi madre tampoco. No le quitaba los ojos de encima y fruncía los labios, señal indiscutible de que estaba nerviosa o enfadada. Quizá hasta las dos a la vez.

El hombre estaba cercano a la cuarentena, carecía de la tez morena de quienes se dedicaban a trabajar en el campo. Se podía notar que era robusto y se mantenía en forma. Su rostro estaba surcado por unas pálidas cicatrices, cuya procedencia no podía identificar e iluminado por unos inquietantes ojos azul metálico que semejaban penetrar en el alma de quien tenía delante. Su sonrisa lobuna no me dio miedo, pero tampoco me gustó.

Nos subimos en el coche del señor, quien nos dirigió una mirada evaluativa antes de presentarse como Xácome. Nos condujo en silencio hasta el lugar en el cual tenía estacionada una vieja furgoneta que en sus mejores tiempos había sido blanca.

La leyenda de Iago y Marta

Con una sonrisa torcida, nos explicó la historia de la casa que se convertiría en nuestro nuevo hogar. Nada más que paparruchas, cuentos de viejas para asustar a críos. Eso creí aquel día, sin saber lo equivocado que estaba.

La casa se había erigido muy cerca de la playa, que coronaba la villa como si de un manto azul eléctrico se tratase. Capricho de Iago López y de su mujer, Marta. Resultaba ostentosa para un matrimonio sin hijos, tenía dos plantas, atestada de todo tipo de coleccionismo de lo más variopinto, desde verdaderas obras de arte hasta piezas que producían auténtico rechazo. Pero poco tiempo pudo disfrutar el matrimonio de la casa de sus sueños. Marta murió ahogada, apenas tres años después de su construcción, llevando en el vientre el hijo de ambos.

Iago se volvió un hombre extraño y taciturno, aquel que otrora organizaba las mejores fiestas del pueblo ya no quería saber nada más de ellas. Vivía de su menguante fortuna, confinado en su casa. Nadie lo volvió a ver.

Su único contacto con la realizad era su ama de llaves, Mercedes, quien se encargaba de mantener la casa y de asegurarse de que Iago disfrutase de un mínimo de salud, aunque fuese física.

Iago se sumergía cada día un poco más en una espiral de locura de la que no podía, ni quizás quería, zafarse. Comenzó a experimentar delirios en los que veía a su esposa muerta, primero esporádicamente luego las alucinaciones eran constantes y la veía en todas partes.

Aterrorizado por el realismo que experimentaba, sin poder enfrentarse por más tiempo a sus propios sentimientos de pena y culpabilidad, Iago López se colgó de la lámpara de su propio salón, en el que lo encontraría Mercedes al amanecer. Aquella noche, una mujer muy hermosa, de larga melena negra y vestido blanco de encaje, fue vista entrando en la casa de Iago pero no se la vio salir.

Mercedes creía que el fantasma de su mujer había vuelto del más allá para vengarse de Iago y, con el tiempo, todo el pueblo comenzó a creerlo también.

La casa cayó en desgracia, nadie la compró durante dos décadas, debido a la fama que le precedía, hasta que mi padre en su búsqueda exhaustiva de una nueva vida había dado con ella como por casualidad.

Pero pronto aprendería que las casualidades no existen. Desconocía por qué Xácome nos había contado aquella historia antes de dejarnos al pie de aquella casa con tintes de mausoleo, al borde del amanecer, con todos los bártulos desperdigados por un jardín que necesitaba un buen corte.

Aún no tenía ni idea de que había dado el primer paso y que, dentro de poco, me arrancarían lo que quedaba de mi infancia de cuajo.

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