confesiones-de-una-mujer

Secretos, confesiones y la chispa adecuada

Cerró la puerta con un golpe seco, antes de que las lágrimas osasen asomar a sus ojos. No le daría esa satisfacción, esta vez no. Vibraba envuelta en un carnaval de emociones, un torbellino de rabia, impotencia y una suerte de desolación bullían en su interior como una bomba a punto de explotar.

Ella no quería explotar, quería que todo volviese a ser como al principio. Cuando se sentía comprendida por su pareja, cuando se sentía libre de ser ella misma. Ahora cada paso que daba era cuestionado, hasta la cosa más nimia era motivo de discusión. Cada día se sentía más pequeña, más inútil, más sola. Ni siquiera tenía con quien descargar sus pequeñas confesiones. Necesitaba alguien con quien hablar o perdería la razón. Alguien que le pusiera los pies en la tierra, que le hiciera ver que era una exagerada, que estaba loca, o quizá, que viera las cosas como ella.

Pero todos los amigos que tenía lo eran también de Goyo y le horrorizaba pensar que algo de lo que pudiera decir llegase a sus oídos antes de que hablase con él. Aunque sería la misma conversación de siempre. Se daría cuenta de que la estaba tratando de atar demasiado en corto, de que trataba de ejercer demasiado control. Durante unas semanas todo funcionaría, antes de caer de nuevo en viejas costumbres. Hábitos que herían más que una bofetada.

Había salido de casa sin un lugar en mente al que ir. Tan sólo por el mero hecho de no seguir discutiendo y porque Goyo no quería que fuera a dar un paseo sola. Las lágrimas afloraron de nuevo, las mantuvo a raya a base de pura fuerza de voluntad. Todo estaría bien, todo tenía que estar bien.

Y durante muchos años, así fue. Era durante el último año cuando su pareja había comenzado a manifestar ese tipo de comportamiento. De querer saber qué iba a hacer en todo tiempo y lugar, con quien se escribía mensajes de texto. O por qué hacía esto o lo otro, a controlar su consumo de alcohol, a contar los cigarrillos que fumaba a lo largo del día.

Desterró esos pensamientos con una sacudida de cabeza, no quería pensar eso ahora. A decir verdad, no sabía lo que quería. Tranquilizarse, pasear, poner la mente en claro.

La lluvia caía suavemente sobre su pelo ensortijado, pero semejaba no notarlo. Caminaba sin rumbo por las vacías calles de una ciudad cuyo nombre había aprendido a detestar. La ciudad era un hervidero en los días buenos, en cuanto unas pocas gotas empañaban el sol, todos se escondían en sus casas bajo el abrigo del calor reconfortante.

A ella la lluvia nunca le molestó. Le molestaba su propia indecisión. Le molestaban los pensamientos que la acosaban. Que la hacían temer sobre su propio futuro. Llevaban juntos muchos años, toda una vida. Su familia lo adoraba, lo consideraba un hombre bueno, que se preocupaba por ella, que la quería. Quizá fuese así. Quizá sí se preocupase por ella, quizá sí la quisiera. Pero hasta amar se puede hacer en exceso.

Aquellos sentimientos nunca habían tenido forma de palabras. Temía que se volvieran demasiado reales, que la obligasen a tomar una decisión repentina, que la obligasen a actuar. Era una cobarde, se sentía demasiado confusa como para hacer nada. Ni siquiera sabía si lo seguía queriendo.

Eran tan sólo confesiones que se hacía a sí misma. En la vorágine en la que se había tornado su propia mente, de la que había perdido el control. Comenzaba a acusar el frío cuando vio abierto uno de sus locales favoritos. Era un sitio pequeño pero acogedor, en el que ninguno de los muebles hacía juego entre sí. Tenía un aire bohemio como sólo lo pueden tener los buenos pubs, en los que te puedes sentar a solas con un libro en las manos sin llamar la atención mientras escuchas buena música.

Se sentó en la mesa que solía ocupar, era un animal de costumbres. Era tan natural en ella como su necesidad de llegar con mucho tiempo de antelación a todas partes o cerrar la puerta de casa varias veces. Era consciente de que no era una persona fácil de llevar, debía resultar difícil convivir con ella además de con todas sus manías y obsesiones.

Volvió a sacudir la cabeza, tratando de alejar todos los pensamientos que se acumulaban, provocándole una angustia difícil de explicar. Respiró profundamente, notando cómo le faltaba el aire, notaba los acelerados latidos de su corazón en los oídos. Se concentró en la lectura, lo único que le servía para escapar, para mantener esa parte de su mente adormecida y no pensar.

Un estallido de carcajadas le hizo dar un respingo, procedía de un grupo situado en el fondo del bar. Lo formaban cinco chicos que charlaban alegremente alrededor de un círculo de cervezas. Conocía a alguno personalmente sin llegar a una amistad íntima, con otros había conseguido mantener el contacto debido a intereses comunes y aún hablaban de vez en cuando. Uno de los que más conocía le dirigió una mirada de curiosidad pero ella apartó la vista rápidamente.

No estaba en condiciones de hablar con nadie. Temía que notase que le pasaba algo o tener que fingir que todo iba bien. No le apetecía, sólo quería sumirse durante un tiempo en la nada. Aunque bien mirado, un poco de compañía tampoco le vendría bien para distraerse. Miró hacia el chico, pero este estaba de nuevo hablando con sus compañeros de mesa.

Hundió aún más la nariz en su lectura, deseando poder tener un grupo de amigos con los que quedar sin complicaciones, sin explicaciones, sólo a divertirse, a reír. Trató de recordar cuando fue la última vez que se sintió feliz de verdad, en vano.

Sumida en sus pensamientos como estaba, no reparó en que habían colocado una cerveza fría delante de su libro y que alguien se había sentado a su lado. Era el chico que había buscado con la mirada antes, sin éxito.

– ¡Cuánto tiempo! – sonrió mientras se acomodaba- pensaba que vivías en otra ciudad.

¿No era eso lo que quería? Charlar, sin complicaciones, sin exigencias, sin explicaciones. Entonces, ¿Por qué sentía esa electricidad que le erizaba la piel? Demasiados nervios. Tenía que ser eso.

Tenía que serlo.

Se decidió por dejarse llevar y tener un rato agradable. Tenía claro que a Goyo no le haría ninguna gracia saber que estaba bebiendo cerveza y charlando con un chico en un bar. No podía creer que se estuviese sintiendo culpable por intercambiar unas palabras amables con un amigo que hacía tiempo que no veía.

– Y vivo en otra ciudad -se forzó a sonreír- pero a la familia hay que verla de vez en cuando, no se vayan a olvidar de mí y me deshereden.

– ¿Y qué tal en el exilio?

Hizo un gesto con la mano. No es que estuviese mal, pero no hay nada como el pedazo de tierra donde uno ha crecido. Se enzarzaron en una discusión sobre cuan lejos convenía mantener a la familia para poder tener una vida tranquila que desembocó, sin ninguno preverlo, en un belicoso debate sobre El Señor de los Anillos y cual de las películas era mejor.

Notaba una vibración recorrerle el cuerpo, se sentía a gusto, se estaba divirtiendo… Sí, pero en el fondo, sin llegar a ser una idea que le gustase llegar a reconocer todavía, era algo más que eso. Notaba como se estaba riendo como hacía tiempo que no se reía con otra persona. Eso la asustó y la hizo vibrar a partes iguales.

A medida que la conversación discurría se sorprendió a sí misma retándole a beber. ¿En qué estaba pensando? Discutieron y fanfarronearon alegremente sobre la capacidad de aguante de cada uno, asegurándose, en cada caso, quien sería el que dormiría en un portal al acabar la noche.

– Y serías tan mala de dejarme tirado por ahí.

En ese momento sus miradas se encontraron, sus cabezas se ladearon acompasadas como si escuchasen una música que sólo ellos podían oír. Sus labios comenzaron a rozarse en un beso que no llegó a serlo. Ella se apartó. No era justo para él. Tampoco lo era para Goyo. Ni para ella.

– Lo siento si te ofendí -dijo él.

– No, lo siento yo -respondió avergonzada- tendría que haberte dicho que estoy casada.

Aitor retiró la vista por un momento. No sabía que sentir al respecto, ni qué pensar. Era cierto que se había sentido atraído por ella, ya no sólo por aquella aquella noche. Ya le había llamado la atención otras veces en las que habían hablado, la mayoría por internet. Pero una cosa era eso, pero otra era es que estuviese casada.

– ¿Y todo va bien entre vosotros? -no pudo evitar preguntar.

Contuvo las lágrimas. No, no iba bien. Ella no era una mujer infiel. No se comportaba así. ¿Cómo podía haber perdido los papeles de ese modo? Rememoró algunas de las conversaciones que habían tenido, ya se había fijado en él. No había querido reconocerlo. No en el punto en el que se encontraba respecto a su propio marido.

Los amigos de Aitor cambiaron de local, y ellos se dispusieron a hacer lo mismo. Pero, en vez de seguir a sus amigos, sus pies los traicionaron y acabaron solos en un bar no muy lejos del centro.

Ya tenían que sostenerse el uno en el otro cuando salieron de allí, dispuestos a catar lo que pudiera ofrecerles el tercer pub en lo que iba de tarde. Había oscurecido y la luna comenzaba a asomar entre unas tímidas nubes. En ese momento a él le pareció perfecta. En ese momento a ella le pareció perfecto.

– ¿Cómo llegamos a esto? -preguntó él.

– No lo sé.

Apartó la mirada. Todavía podía sentir el roce de sus labios en los suyos. Se sorprendió imaginándose yaciendo con él. Dejando que sus fuertes manos se enredasen en su cabellera ensortijada. No era lo que debía sentir. Pero lo sentía.

– Que ganas de abrazarte -dijo, leyendo en su cara la respuesta.

– Aún puedes abrazarme -contestó con una sonrisa que se partía entre la culpabilidad y el deseo.

En cuanto estuvieron tan cerca, ninguno pudo, ni quiso, evitarlo.

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Aitor la empujó suavemente hasta la pared, mientras permanecían abrazados. Al alzar la vista y encontrarse con la mirada de aquel hombre, se puso de puntillas y lo besó.

No importaban las consecuencias, no existía el mañana, no importaba más que el ahora y aquel preciso instante. Le rasgó la camiseta cuando la acomodó contra la pared posterior del local. No podían esperar, no había tiempo.

Rodeó la cadera de Aitor con sus piernas mientras él le sostenía los muslos. Cuando lo sintió dentro de ella, no pudo evitar arquearse, de modo que ya sólo su cabeza seguía en contacto con la pared. Se sucedió embestida tras furiosa embestida, fruto de un hambre ardiente. Ella le arañó la espalda cuando su cuerpo se curvó violentamente al llegar al segundo orgasmo.

Aitor enredó sus dedos en aquel ensortijado cabello y tiró un poco de él, lo suficiente para no hacer daño pero sí para que se notase. Con unos feroces golpes, dejó caer su peso encima del suyo, más menudo, y le dio un largo beso.

Permanecieron tumbados en el suelo, observándose el uno al otro, hasta que su móvil sonó. Aitor la miró sin comprender. Había recibido un mensaje de Goyo, preguntándole cuándo volvía a casa. Se sintió dividida en dos. No quería irse, no quería volver a casa. Pero sabía que debía irse y debía volver a casa.

¿Debía?

No estaba segura de lo que le aguardaba en su casa. No estaba segura de nada. Cerró los ojos, aún en el suelo, posponiendo las explicaciones, las decisiones, los pensamientos, las inevitables lágrimas.


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